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DLC - Maktub

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DLC - Maktub

Mensaje  Vana XIV el Dom 26 Jun 2016, 23:09

“No… puede ser cierto, Gran Príncipe…”
El azote de Su Ira partió en dos la Creación. Antes Perfecta, Eterna y Amada. Ahora se quebraba como un cascaron, repudiada por el Altísimo.
“Lo sabes, antiguo Oráculo de los Azares, Perverso adivino entre los Caídos.” Entornó sus ojos sobre mi existencia. “Tu nombre anuncia la cualidad de Su Voluntad. Y ahora tú y yo lo hemos entendido.”
Me concedió una lágrima.
“Estaba escrito…”
Y cantó mi nombre como un réquiem.

_______________________________________________________________________________  

Todo el mundo tiene una filosofía propia de la vida pero pocos gozan del privilegio, o tiempo, o agudeza mental para sentarse a esclarecer sutilezas. Eso es lo que pensaba este hombre. Según él, pocas veces las personas se paraban a pensar en cuestiones como el sentido la vida, la razón de la acciones, la corrección de los actos. Bueno, es que la vida misma ya no da esos espacios. O más bien es la capacidad intelectual de cada individuo es el impide realizar tales abstracciones. No. Hay mentes brillantes, pero se empolvan, como los libros de Thomas Green o Francis Bacon en la biblioteca. Sólo es necesario pasar el plumero y relucirán.

Este hombre… ¿Qué era? Esos conceptos se los enseñamos a la humanidad durante el Gran Experimento.

Unas imágenes me empiezan a invadir.

“Eres un buen hombre, Leeds, pero no debes meter tus narices en lo que no te incube.” Suena una voz carrasposa. El sonido de un arma percutada resuena en las paredes del despoblado callejón. El buen hombre empieza a caer.

Me pierdo en el mar de emociones. Miedo, ira, desconcierto, frustración. Es doloroso para mí. No recordaba cómo era sentir con tanta vehemencia. Mi alma se desgarra con cada sentimiento que atenazó el cuerpo de este hombre hace unos momentos atrás. Y luego calma, decepción y resignación. No es lógico, pero lo entiendo.
 
El recuerdo me entrega la imagen de un muchacho. Un jovenzuelo en los pasillos de la universidad. Es como un pupilo o eso percibo en esta maraña de sensaciones. Cuidó de él. Recuera que es un rehabilitado. No entiendo de qué, pero Leeds parece cifrar sus esperanzas en él. Lo instruye, los ayuda. El chico cambia para bien. Leeds está satisfecho. Pero todo vuelve a mutar. Se pervierte, se malogra. Este hombre trata de rescatarlo y…

“¡Tú me estás matando!”

“Y yo no perdí la fe en ti”

… La fe…

Abro los ojos y grito.

Miro hacia el cielo nocturno y veo las tímidas estrellas asomarse entre las luces de la ciudad. Pero ninguna luz artificial opaca la bella Luna de plata, el castillo de las Esferas, la casa de los Azares, aquella que una vez fue mi hogar.

He regresado, pero este lugar no es lo que dejé atrás. Las memorias del hombre conocido como Leeds Valiant juran que siempre ha sido así.

Es desconcertante. Es horrendo y lo peor es que nuevamente este cuerpo cae presa del balazo que tiene tres centímetros por debajo del corazón. No quiero irme. ¡No voy a regresar al Abismo!

A los lejos siento un sonido repetitivo y rítmico. Es irritante, pero las memorias de este hombre dicen que es bueno. ¿Le creo? Le creo. Y me desplomo una vez más.

Cuando despierto estoy en una sala blanca, me tenso. No entiendo el lugar, pero nuevamente viene Leeds al rescate. “Hospital” susurra su voz en mi mente. “Salud. Recuperación” me muevo y unos pitidos suenan. Aparecen personas vestidas de gris y verde turquesa.

“Ha despertado Doctora” dice la enfermera. “Sr. Valiant, ¿puede oírme?” Me quedo aturdido por un segundo, luego asiento.

Me explica lo del balazo y demás cosas que no me interesan por ahora. Estoy tratando de concatenar las imágenes que vienen a mi mente sobre la vida de este hombre y mi existencia. Se retiran y agradezco la calma. Cierro los ojos y me entrego al pensamiento.
 
“En el Principio” susurro con mi nueva voz.

“Haya en el firmamento de los cielos lumbres para separar el día de la noche, y servir de señales para los días, estaciones y años…” Y entonces se creó la Casa de las Esferas y la Divina Voluntad nos encomendó a los Azares fijar y mantener el curso de la Creación. Y aquel día hubo un amanecer y un ocaso.

Dijo luego Dios…

Cuando todo tuvo el rumbo del Gran Designio, el Todopoderoso ordenó crear el pináculo del Cosmos. “Hagámoslo a nuestra imagen y semejanza…” El último y definitivo elemento de la realidad: Al ser Humano. Y lo hicimos perfecto, como nada existente en la Tela de la Creación. Y para coronarlo, Dios insufló Su esencia en ellos.
Así estaba escrito.

Y vio que todo estaba bien.

Cada Serafín, Querubín y Trono; Dominación, Virtud y Potestad; Principado, Arcángel y Ángel amó a la humanidad y cada uno de ellos hizo funcionar el cosmos para beneplácito del hombre y la mujer.

Se me honró con una tarea, entonces. Sería yo quién guardara las noches futuras de La Madre de la Humanidad. Acepté con humildad y honor el encargo de manos del Portador de la Voz Divina.
Desde aquel día seguí a la Gran Madre, velé sus sueños y abrigué su tranquilidad. Pero ella siempre fue ignorante de mi presencia, ni cuando tejía melodías en sus sueños, ni cuando le mostraba el patrón de una estrella. Ella sólo existía sin entender las fuerzas que podía llegar a poseer. Aun así, la amé en silencio y siempre procuré su felicidad.

Del fruto del conocimiento no comáis…

Pero en el patrón perfecto de la existencia de la Madre, comenzaron a aparecer sombras. El sol de su futuro empezó a opacarse por la Tormenta. Y no fui el único en verlo. No era solo en los Hilos del destino de la Madre. Algo amenazaba la Creación en toda su amplitud.

Aislados en el Palacio del Cristal en la Luna, a los Oráculos sólo el Vigilante nos escuchó. Más difícil de acatar fue su respuesta: El Edicto del Silencio.

Las sombras no se retrajeron. Al contrario, se amontonaron como un borrón de horror y fue Ahrimal quien condensó nuestro sentir y decidió romper el Silencio.

Pero la serpiente…

La noticia reverberó en la creación, un susurro, una brisa, un temblor, y todos los supimos. Un Debate entre las luces más grandes entre las Casas y la semilla de la discordia se sembró.
Sólo sé que no había más respuestas en el Tejido del Cosmos. La Tormenta se acercaba lenta e inexorable, sin cambiar de rumbo, directo sobre la humanidad.

Y si amas tanto algo ¿cómo puedes quedarte sin hacer nada? Por eso tomé el camino que el Lucero del Alba nos mostró. Junto con los demás amantes de la humanidad, descendí al Edén y con ellos, abrimos los ojos a la humanidad.

Aquella noche, el hombre y la mujer saborearon el fruto de la consciencia y el conocimiento, y supieron que eran grandes.  

¿Quién os dijo que estabas desnudo?

Y se alzó la Divina Voluntad con el sol de la mañana siguiente y reprobó todo lo que habíamos construido, y desdeñó todo lo que habíamos enseñado, y maldijo lo que habíamos empezado. Pero la humanidad se puso de pie ante él y declaro que preferían andar de nuestras manos que saberse solos e ignorantes, no más que simios evolucionados.

Y esa demostración de grandeza justificó nuestro deseo de rebelarnos.

Malditos sean entre todos…

Entonces… levantó su Voluntad Inmisericorde y la Creación sangró…

Ese día, mi temor reverencial hacia Dios se convirtió en algo que en ese entonces no comprendía.

Y que se haga Tu Voluntad...

La guerra contra las Hueste Celestial nos perseguiría por eras. Y con cada azote nuevo, la humanidad sufría. Pero no nos dimos cuenta.

Los hombres siguieron a los Caídos y cada gran Ángel se llevó a un grupo de ellos en su legión. Yo decidí estar al lado de Nuestro Príncipe, en la gran catedral de Genhinnom. Allí, se me ordenó explorar los cielos en busca de la Hueste Celestial. Debía observar sus movimientos y eso hice.

¿Qué has hecho?

“Búscala” fue la orden del Príncipe. “Tú, que le enseñaste a prever. Tú, que le enseñaste a presentir. Tú que le enseñaste a Intuir. Búscala. Porque Ahrimal siente, nuevamente, el peligro.”
Y mis ojos dejaron de escudriñar el cielo y se sumergieron en la tierra. Y seguí los pasos de Ahrimal. Hasta que la encontró.

Arrebatada de su inmortalidad, había cambiado, aun así, verla me produjo regocijo. Pero algo oscuro apareció en su mente. Una desgracia se percibía en sus noches futuras, ella lo sentía, porque su misma sangre se lo prevenía. Sus hijos.

Busque a Ahrimal y vi lo que él vio, el día que la tierra se manchó con las sangre derramada por odio y egoísmo; orgullo e ignorancia. Esa mancha nos cubrió a todos.

Aquella vez, en contra de lo que alguna vez creí. Odié a un humano. Odie al Tercer Mortal, pues era un ignorante de la maldición que había echado sobre toda la Creación. Y deseé que fuera castigado con la más cruenta de las maldiciones. Pero desapareció de la faz de la tierra. Y sin embargo el eco de su aberración corrompió hasta la esencia de los Caídos. Y aprendimos a causar daño, a herir y a matar.

¿Soy acaso su guardián?

Cuando la época de las Atrocidades estalló, me recluí en las murallas de Genhinnom. Quise ignorar las desgracias que narraban las brisas y el tormento que lavaban los ríos. Tomé un rebaño de humanos conmigo y decidí instruirlos, pero era como si la humanidad quisiera hacer caso omiso de las palabras. Se hundía. Se alejaba.

Lentamente fui comprendiendo que algo fallaba en el interior de los hombres. Fueron creados perfectos en cada aspecto del que los Ángeles nos encargamos. Y una sombra apareció en mi mente. Quizás no nos encargamos de todo.

“…No permanecerá por siempre mi espíritu en el hombre…”

Cuando Lucifer dio rienda al Gran Experimento, yo dude. No podía decirle lo que yo sospechaba. Ni él me lo consentiría. Sólo vi como la humanidad “iluminada” alcanzaba logros que se aproximaban a lo divino.

Pero no eran divinos. Eran mortales y limitados. Y cuando estuvieron a punto de vislumbrar el rostro del Dios, sucumbieron. Se resquebrajaron como arcilla. Y todo fracasó.

Los habíamos hecho perfectos. Nada se comparaba con ellos. Nuestras habilidades habían sido llevadas al límite para forjarlos. Sólo una cosa no hicimos. Sólo una cosa no fue hecha por nuestras habilidades. Nosotros no les infundimos un alma, esa parte era de Dios.

Déjanos caer en tentación…

Juré nunca blandir la espada en contra de ángel o humano. Pero la hora última de nuestro ocaso, renuncié a mi honor de ángel y abracé mi orgullo caído. Empuñé la espada y luché en la Catedral Negra. Luché por Lucifer, mi Príncipe. Luché por la rebelión. Luché por los humano. Pero por sobre todo luché para desahogarme de lo que sentía por Él.

Cuando caí, recuerdo ver a una mujer. Corrió y tomó mi mano, como quien quiere levantarte. “Vive. Esa será tu mayor venganza.”

Y decidí que, sin importar nada, existiría hasta ver el final.

Pero he regresado…

Abro los ojos y encuentro nuevas personas a mí alrededor.

“¿Tuviste una pesadilla?” dice una mujer sentada en un sofá al frente de mi cama. La miro. “Zoe” La llamo. “Vaya, creí que no te acordabas de mí, por la forma en la que me miras” Escucho unos pasitos y el corazón de este cuerpo de acelera.

“Papá”

Miro y no sé si es Leeds o soy yo o somos los dos, pero siento una emoción florecer. Lo mismo que sentí cuando vi por primera vez a la humanidad creada.

Es la primera vez que me siento unido a este cuerpo. Sólo una emoción tan primaria podría ser compartida y por primera vez, en tan largo tiempo, siento algo tan agradable que puede resonar en más capas que esta realidad.

“Sophie”

La abrazo, ella besa mi mejilla y yo no puedo evitar que mis sentidos se inunden con su presencia. No hay duda de las razones por las que me rebelé.

“¿Que soñabas?” pregunta Zoe desde el otro lado de la habitación.

La miro un segundo y me sumerjo en las sombras otra vez.

“¿Por qué nos has abandonado?”

Estuve al lado del Príncipe de los Caídos desde el principio de la rebelión, hasta el día en el que Miguel y sus huestes nos encadenaron y nos abrieron el Abismo que Dios creó para nosotros.
Aquella vez, Lucifer no pronunció palabra. Estaba de rodillas, con la mirada fija en el cielo. No sé si buscaba una respuesta o tal encontró algo aún peor que el vacío abierto a nuestros pies. Lo cierto es que estuvo allí.

Y empezamos a caer.

Y al final, cuando las puertas se cerraron y las cadenas de Divina aversión aseguraron la salida, no estuvo entre nosotros. Estábamos solos, sin nuestro líder. Sin nuestro Príncipe.
“Aunque pase por el valle de las sombras, no temeré”

Una existencia hueca, desprovista de todo propósito y valor. Existir por el mero hecho de que no queda más… Vacío… Nada… Y al otro lado del muro, escuchábamos al hombre y a la mujer, padeciendo nuestra ausencia. Luego retomaron sus vidas. Luego nos olvidaron.

No quedó nada para nosotros.

Eones pasaron en el Abismo, porque un segundo duele tanto como cien años y un siglo es una eternidad dentro de otra. Lo bueno muere y sólo deja cascarones vacíos, con sueños de amor putrefacto que corroen las almas ya destruidas de los caídos. En el Abismo, nada bueno puede permanecer.

Por eso Lucifer no estuvo allí.

Y eso fue a lo único que me aferre durante cada momento que estuve a punto de enloquecer, con las guerras que los Caídos creamos, con las nuevas creencias y nuevos objetivos, con planes imaginarios y glorias inexistentes.

No nos aferramos a ninguna esperanza, porque la esperanza nunca existió. Sólo hubo hambre y sed de venganza retorciéndonos, deformándonos.

Y entonces los archiduques desaparecieron.

“La verdad os hará libres”

En el fondo deseaba que fuera Lucifer quien llamó a sus Tenientes para ejecutar nuestra liberación.  Luego, nada pasó, hasta que un demonio menor desapareció y regreso para contar que fue la humanidad quien lo llamó. Yo sólo me limité a escuchar, puesto que ya no podía creer. Pero otros demonios empezaron a desaparecer. Algunos volvían, otros no. Entre los que estaban adentro, algunos se enardecían al pensar que la libertad estaba cerca y saboreaban la venganza con depravación.

Pero no estuvieron lejos de la realidad. Porque un buen día, las paredes de la prisión que forjó Dios para nosotros, se agrietaron bajo el peso de una gran Tormenta.  

“Et lux in tenebris lucet”

Y su voz resonó en mi mente. Al principio creí que era parte de la locura desarrollada por estar en el Abismo. Ya para ese entonces el cinismo era parte de mi naturaleza y cualquier idea de libertad y venganza me parecían estúpidas e inocentes. Me había resignado al abandono y repudio. Pero no. Su voz me llamo, por mi nombre. “Ven” dijo.

No, no era esperanza lo que sentí, pero era suficiente.

Abrí mis penosas alas que habían sido inútiles por tanto tiempo, que temí que no recordaran su función, las agité y me elevaron a mi libertad. Allá tal vez me esperara la destrucción o algo peor, pero también me esperaba la imagen de él y por comprobar que siempre estuvo allí, era capaz de sortear el fuego de Miguel.

Volvería a ponerme de pie al lado del Príncipe.

Cada átomo de mi ser quiso ser arrebatado por la Vorágine alrededor del Infierno, pero use la voluntad de cada electrón para seguir adelante. Cada micra que avanzaba era una guerra ganada y un paso más cerca de él.

Y cuando llegué, no lo encontré y la Creación no era la misma.

Parpadeo, dejando de lado mi sueño y miro a la mujer.

“¿Qué fue?” preguntó intrigada.

“Soñé con el Abismo. Y no quiero volver a él”

Ella rió con ironía. Llamó a la niña y se despidieron de mi cuerpo. Yo hice lo propio.

Nuevamente estoy solo. Me pongo de pie y mi cuerpo responde. Voy hacia la ventana y corro las cortinas, incluso abro los vidrios. El frío del invierno me da de lleno y aunque el cuerpo de Leeds se incomoda, yo me estremezco al poder sentir de nuevo.

El Cielo parece vació. El Hacedor y sus Hueste Celestial parecen haber desaparecido, los engranajes oxidados del cosmos no funcionan y la Creación entera se tambalea hacia su fin. El Altísimo no está aquí para protegerla, el Todopoderoso, la abandonó. Incluso Sus Huestes que juraron protegerla, le dieron la espalda a todo lo existente. ¿Dónde quedó Su amor y misericordia?

Dios Inmisericorde. Su infinita megalomanía lo consume todo. Lo bueno, lo malo, la esperanza, la fe y el pecado. Es un agujero negro del que no escapa nada, condenado a colapsarse sobre su eterna egolatría.

Dios. No busco su redención ni tampoco me regocijo en mi condena. No creo que la destrucción de la Creación signifique algo para Él pues la ha dejado de lado, a su suerte, para ver si sobrevive arrastrándose en la miseria. No es mi Padre, no es mi Señor, no es mi Amo. Simplemente lo odio. Pero soy insignificante para ser su enemigo.

En este mundo decaído, todo requiere un nuevo orden, una nueva luz y por eso buscaré al Lucero del Alba y una vez más me uniré a él para convertir este desierto en paraíso. Hasta que lo encuentre, me quedaré con la humanidad para educarla y devolverles la visión que han perdido.

Yo soy Maktub. Antiguo Oráculo de la Casa de los Azares. Ahora un demonio maldito bajo en nombre de Neberu, Perverso. Y me he liberado del Abismo. Y escucha muy bien lo que voy a decir. Existo y seguiré existiendo, luchando por todo lo que queda de nosotros en los vestigios de nuestra Creación. He caído, pero me levanto en contra tuya. Los demonios no hemos perdido.

¿Sabes por qué?

Nada está escrito en piedra.
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Ese cielo azul que vemos, ni es cielo, ni es azul.
Saludos,
Vana XIV
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Vana XIV
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